
El Luthier
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Dedicado a Victorio Montes Silva
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Un bombillo amarillo irradiaba su luz sobre la espalda del hombre, iluminando también la mesa en la que estaba trabajando. Tornillos, remaches, pequeños martillos, limas y muchos otros objetos estaban ordenados en pequeñas cajas sobre la mesa. El hombre, sumamente concentrado, se acercaba a la lupa para obtener una mejor visión del objeto que tenía entre manos. Sus dedos sudaban un poco, eran horas de trabajo las que llevaba consumadas en ese pequeño recinto, y el agotamiento se empezaba a sentir en sus manos y en sus ojos, un poco enrojecidos por el cansancio, y ocultos, detrás de unos lentes. No obstante, no podía abandonar, no ahora que estaba tan cerca de terminar su trabajo, no faltaba mucho, ya sentía en sí mismo la ansiedad del trabajo culminado. “Una hora más y estaré en casa” se decía a sí mismo a medida que seguía su trabajo meticuloso. Trabajo, que no obstante, era incapaz de seguir al mismo ritmo de antes. Pequeños errores que sus manos de artesano no estaban acostumbrados a hacer, ahora venían a entorpecer su trabajo:
Hizo un movimiento un poco brusco, y un tornillo se resbalo y rebotó por la mesa con tan mala fortuna que terminó en el suelo, perdiéndose de vista. Debido a su pequeño tamaño desistió en buscarlo, hubiera perdido minutos valiosos, que ahora, que estaba tan cerca de culminar no estaba dispuesto a regalar. Mañana aparecería se decía, a medida que sacaba otro tornillo idéntico de una bolsa pequeña, e intentaba concentrar toda su atención para no seguir cometiendo errores. Sus manos temblaban un poco más esta vez. Pensó en irse a descansar y retomar a la mañana siguiente el trabajo empezado, pero prefirió avanzar un poco más. Logró colocar el tornillo y ahora tenía que cambiar una lengüeta. Las lengüetas eran otra historia, pequeñas y delgadas, y sobretodo frágiles, no se podía permitir el lujo de dejarlas caer, se podían romper, o estropear, y ese pequeño pedazo de metal, que guardaba en su esencia la facultad de crear música, de evocar paisajes, o pensamientos de todo tipo, perdería toda la virtualidad de sus posibilidades. Un pensamiento negativo oscureció su frente, mientras hacía esfuerzos enormes por llevar a cabo su operación con toda la dedicación y el empeño al que estaba acostumbrado. Costaba, sí, ahora, tarde a la noche, esa operación que normalmente realizaba sin mayores dificultades, se complicaba más a cada minuto que el reloj marcaba.
Un pequeño golpe, con precisión de cirujano y lo logró, ya casi estaba, solo tenía que poner la cubierta y estaba terminado, ya su trabajo por el día de hoy, terminado.
Ahora quedaba lo más fácil que era atornillar las cubiertas, y esta vez el proceso lo hizo sin ningún contratiempo, acostumbrado como estaba, a armar, y desarmarlas cientos de veces. El momento de la verdad había llegado. Arriba de su cabeza, la luz amarilla del bombillo se reflejaba contra la cubierta metálica de la armónica, que a su vez rebotaba sobre los lentes del hombre. No podía imaginar, una belleza más grande que un trabajo terminado. La llevó a los labios y experimento un placer enorme. Era un gusto tocarla, la armónica era como una amante ideal, que respondía de manera complaciente a los pedidos y a los movimientos de su pareja. La siguió tocando y se sintió enormemente complacido con su trabajo. Realizó todo tipo de escalas y estas se deslizaban como la música más bella. Tocó canciones, algún viejo blues, que él pensaba que muy probablemente todas las armónicas llevaban impregnadas en alguna parte de su esencia –eso que iba más allá del metal y la madera- un blues viejo con olor a tierra, a la vida del hombre que naufraga por carreteras que se ensanchan tanto como sus horizontes sin fin.
Complacido, una enorme sonrisa combatía al resto del cansancio de su rostro. Se sentía un héroe –aunque era un pensamiento que solo guardaba para sí mismo- era tal vez el mismo pensamiento que experimentaban los soldados después de haber ganado una dura batalla, o los científicos después de haber realizado algún descubrimiento asombroso. Cada uno se sentiría muy orgulloso a su manera, y el hombre se hermanaba con ellos -a través del tiempo, a través de la distancia- por medio de su arte.
En la mesa, al frente suyo yacían algunas herramientas que con toda meticulosidad ordeno de nuevo al lugar donde pertenecían. Término de ordenar, y guardó la armónica en su maletín, se limpió el sudor de la frente y salio por la puerta de su taller, de nuevo a la ciudad.
Conducir por Ciudad de México no era una tarea fácil, una ciudad enorme, y por tanto repleta de vida a todas horas, hacia que transitar en el automóvil fuera un paseo tedioso donde el tráfico avanzaba muy lentamente. Para no desesperarse el hombre siempre ponía algún cd de música para que le hiciera compañía en su trayecto. Generalmente, escuchaba grandes armonicistas, a negros haciendo música oscura, que muchas veces era más oscura que su piel. También escuchaba a otros músicos más modernos, que habían expandido el rango de alcance del instrumento pero si algo tenían en común a través de los años es que los hombres expresaban, lo que vivían, lo que sentían por medio de ese instrumento tan pequeño, de ese pedazo de metal que se volvía una parte más de su cuerpo.
Pero afuera, el ruido de los autos, de los bocinazos, de los aullidos de la música que venía desde todos lados y traspasaba las ventanas de su auto, y encerraban al hombre hacia el interior de sí mismo. Afuera era otro mundo, afuera se valoraban las cosas de otra forma, y él lo aceptaba con una triste sonrisa que se desprendía de sus labios. Nada podía hacer, pero él tenía su mundo, lo único suyo.
Llegó a su casa y su mujer, que lo esperaba con la cena preparada, ahora fría, lo recibió con un beso que hubiera sabido mejor si el hombre no sé hubiera tardado tanto. Lo conocía, sabía como era, y por eso no le hizo ningún reproche, pero durante la cena, cuando él le contaba con tanto apasionamiento todo su día cargado de emociones, fatigas y descubrimientos, ella no podía sentir sino un fino distanciamiento por una pasión que para ella no lo era tanto. Lo escuchaba y sonreía, pero cuanto hubiera preferido que llegara a tiempo a casa, sin esa fatiga que se le desbordaba por los ojos.
A la hora de dormir ambos se acostaron y él se despidió del día con otra triste sonrisa. Nada podía hacer pero al menos tenía su mundo, lo único suyo.
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Se despide
saltando una palabra
Camilo Palabra





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